POR UNAS CIENCIAS SOCIALES DESDE ABAJO
Hoy en día es generalizado el descontento hacia las instituciones, sean políticas, mediáticas o educativas, pues por una u otra razón la consciencia social las asume cada vez más como instrumentos de reproducción del orden dominante. En este panorama es natural preguntarse por la relación entre la escuela y la cultura en general con el cambio social, y, por tanto, también resulta natural cuestionarse acerca de la posibilidad que estas tienen para desempeñarse directamente como espacios de transformación de la realidad. De hecho, desde finales de los sesentas se viene discutiendo en las ciencias sociales y, sobretodo, en las ciencias de la educación un “debate que en ocasiones se ha cristalizado en dos posiciones conocidas como las teorías de la reproducción y las teorías de la resistencia” (Hirsch y Rio, 2015).
Por el lado de las teorías de la reproducción destacan los postulados de Althusser, quien teorizó acerca de los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) centrándose en la idea de que la superestructura reproduce a la estructura, como Marx había planteado en la metáfora del edificio. Así, aunque consideró la autonomía relativa de la superestructura frente a la estructura le permite conservar cierta capacidad de acción propia, el ilustre académico francés nunca dio lugar a la comprensión de la escuela como un espacio en donde se construye directamente la transformación social.
Como bien lo resumen las profesoras Hirsch y Rio en su artículo Teorías de la reproducción y teorías de la resistencia, desde esta perspectiva el cambio “brota del enfrentamiento de clases, y por ende, anida afuera de los AIE, en las condiciones de existencia, en las prácticas, en las experiencias de lucha de la clase trabajadora”, lo que presenta un evidente problema, ya que reduce a la escuela a un rol pasivo frente a la realidad histórica y la trasformación critico práctica de la sociedad.
Por otra parte, las teorías de la resistencia pueden rastrearse hasta la década de los 80’ y 90’, en un contexto de reflujo de las luchas obreras y de avance del capital. La mayoría surgen como respuesta a las teorías de la reproducción, criticando que estas últimas habían dejado de lado el poder de la agencia. Henry Giroux es un académico estadounidense que centra buena parte de su trabajo en el campo de la Pedagogía crítica y es quien rescata la noción de resistencia como espacio social que implica intrínsecamente la posibilidad de transformación a causa de la actividad del sujeto. Es decir, Giroux considera que la resistencia encarna un espacio de mediación entre los sujetos -que en el acto de resistir hacen posible la transformación- y las estructuras de dominación.
Esta discusión tiene que ver de manera muy cercana con la de las teorías críticas de la ideología, entre los sectores que la perciben como una falsa conciencia, un velo o un error sistemático, y los que la conciben como concepción de mundo que puede ser crítica o conservadora según su posición con respecto al desenvolvimiento histórico del capital y la lucha de clases. A este respecto, si bien en La Ideología Alemana Marx y Engels reivindicaron una definición de ideología como obstáculo sistemático para el conocimiento verdadero de la sociedad e incluso en el Capital hay referencias a ella, no se puede negar que hay indicios fuertes que hacen suponer que los planteamientos de Marx sobre la ideología eran más complejos.
Gramsci, por ejemplo, apunta que en el prólogo de 1859 de Contribución a la crítica de la economía política Marx parece utilizar el término de ideología con un significado distinto al de falsa conciencia, pues estas mismas formas de la conciencia social son aquello que permitiría cobrar conciencia del conflicto entre las clases. Siguiendo esta interpretación gramsciana, el profesor Nestor Kohan plantea en su obra Fetichismo y poder en el pensamiento de Karl Marx que la ideología puede entenderse en un sentido más amplio como una “concepción teórica del mundo que implica una ética y normas de conductas prácticas”, cuyo sentido de verdad o de falsedad debe ser determinado por las ciencias sociales por medio de la confrontación ideológica y, a su vez, de las distintas posiciones ideológicas con la práctica concreta, sin dar por hecho ningún acceso inmediato a la verdad desnuda.
En este sentido, Kohan indica que actualmente la ideología se expresa en las Ciencias Sociales más que nada a través de los supuestos básicos subyacentes a la producción de conocimiento, los cuales, si se asumen como tal aparecen al sentido común, terminan convirtiéndose en una especie de falsa conciencia. Sin embargo, en su obra también se propone que si se reconoce explícitamente la existencia de esos supuestos básicos subyacentes y se los somete a la crítica, entonces podría hacerse una ciencia consciente de su posición ideológica, una ciencia crítica.
Lo anterior puede ayudar a comprender que la distancia entre la academia y el resto de la sociedad, al contrario de lo que plantean las vanguardias que se autoperciben como las encargadas de guiar al rebaño, no se debe solo al sometimiento de las mayorías sociales por parte de la cultura dominante sino sobre todo al esfuerzo semi-consciente de la academia por reproducir el orden establecido. Por ello, aun considerando las oportunidades que las instituciones educativas ofrecen como espacios de transformación, estas no dejaran de funcionar como un órgano del metabolismo capitalista hasta que desde ellas –y también desde fuera de ellas- se encienda la llama de la revolución social.
Por si fuera poco, sabemos que el panorama social de la actualidad está marcado por la simultaneidad de la crisis política de representatividad, las sucesivas crisis económicas – la mayoría de las veces debidas a la sobreproducción, aunque en ocasiones también causadas por fenómenos coyunturales que impiden movilizar la fuerza de trabajo o la materia prima natural necesaria para producir a niveles sociales promedio- y la crisis que de las culturas a nivel global, especialmente en lo referente a la legitimidad de las instituciones mediáticas y educativas.
Como propuesta para quienes se interesen por el reto de producir conocimiento científico crítico, y en coincidencia con los planteamientos de las teorías pedagógicas de la resistentica y las teorías críticas de la ideología de orientación gramsciana, me permito plantear que las ciencias sociales críticas, sin caer en voluntarismos o personalismos, deben avivar la posibilidad de cambio de raíz en la totalidad social, en lugar de esperar a que las trasformaciones ocurran por causas meramente económicas o políticas externas al trabajo teórico y a la conciencia. Así pues, me parece que todos los espacios dedicados a la academia y la investigación son escenarios donde acontece la lucha de clases y el cambio social, es decir, que es necesario entender que la disputa por la producción de conocimiento también es parte integrante del conflicto de clases.
Ahora bien, aquello que me permito señalar particularmente a propósito de estas críticas es el hecho de que la ideología, la cultura y la educación no se limitan solo a los supuestos fundamentales de las ciencias, sino que impregnan todo su proceder –su método-. Por ejemplo, durante el trabajo de campo en las ciencias sociales tradicionales las personas son tratadas como meros aparatos emisores de información, por lo que su único aporte a la investigación son los datos que le brindan al sujeto investigador, quien luego los utilizara como materia prima para realizar su propia interpretación de la realidad social desde su escritorio.
En contraste, las ciencias sociales críticas parten del hecho de que las personas trabajadoras son quienes hacen al mundo -literalmente- y, por ende, son quienes deberían producir el conocimiento sobre el mismo. Precisamente, esta capacidad latente de la clase trabajadora es lo que le permite tener la posibilidad de terminar la historia de la lucha de clases y darle inicio a la historia de la humanidad hermanada. Por tanto, la intención de las ciencias críticas debe ser la de producir conocimiento que trascienda la teoría y transforme conscientemente las condiciones materiales de la humanidad en favor de los sectores sociales explotados, teniendo como criterio fundamental la comprobación o falsación de los distintos puntos de vista teóricos en referencia a la propia práctica histórica de la humanidad.
Finalmente, reitero la necesidad posicionarse abiertamente del lado de los grupos sociales sometidos y solidarizarse con sus intereses –económicas, políticas, culturales-, pues solo así se puede enfrentar los problemas de la sociedad de manera realista y efectiva. Solo de esta manera la ciencia crítica podrá hacer de las instituciones encargadas de la cultura espacios de lucha para la trasformación radical de la totalidad de la sociedad. Por ello, esta reflexión busca llamar al pueblo trabajador a llevar a cabo la difícil tarea de bajar a la academia de su auto-concedido pedestal, de su torre de marfil, pues ahora más que nunca se requiere sumergirla en el fango de las desigualdades y dejarla ahí, en compañía de quienes debería estar.

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